Monerías en el Palacio del Dragón

Los héroes míticos suelen equipararse a sus poderosas armas. Zeus con su rayo, el Rey Arturo con Excalibur, Thor con su martillo, y el Rey Mono con su poderosa vara, conocida como el Garrote Dorado. Esta es la historia que cuenta cómo el Rey Mono encontró, o quizás se escabulló, con su súper-arma.

Tal como cuenta Viaje al Oeste, hace mucho, mucho tiempo una roca sobrenatural en la cima de la Montaña de las Flores y las Frutas absorbió la esencia del Cielo y la Tierra. Un día, la roca de repente estalla, y desde adentro de ella salta un mono. Él era inteligente, valiente y audaz. Los otros monos quedaron tan impresionados con sus habilidades mágicas que lo coronaron como el “Rey Mono”, y pasaban sus días celebrando festines.

Pero el Mono sufría de angustia existencial. ¿Qué sentido tenía toda esa felicidad temporal si al final lo que le espera es la vejez, la enfermedad y la muerte? Decidió buscar las enseñanzas verdaderas para obtener la inmortalidad.

Un maestro daoísta lo tomó como su discípulo y lo entrenó en lo profundo de las montañas. Allí aprendió el arte de volar y de transformarse en cualquier cosa que quisiera. Después de completar su entrenamiento, se despidió de su maestro y regresó a casa.

De vuelta en la Montaña de las Flores y las Frutas, al Rey Mono le surgieron nuevas preocupaciones. Tenía mejores habilidades, pero no tenía un arma comparable con su destreza. Los monos que lo acompañaban trataron de encontrar una –uno propuso una roca, otro una banana grande. Mientras todos buscaban ansiosos, un viejo mono habló. Había vivido por cientos de años y sabía todo lo que había que saber. Contó sobre el fantástico Palacio del Dragón en el fondo del Mar Oriental.

“Allí”, dijo, “el Rey Dragón guarda muchos tesoros”. El Rey Mono estuvo encantado de escucharlo e inmediatamente emprendió su viaje.

Mientras, muchas leguas por debajo del mar, el Rey Dragón y sus cortesanos crustáceos disfrutaban de un fino banquete en el Palacio del Dragón. Estaban deleitándose con una danza de hadas del agua, cuando el General Wu-gui, la tortuga que era la mano derecha del Rey Dragón, irrumpió en el salón: “Su Alteza, un intru…”

Y en ese instante, el Rey Mono apareció por la puerta. Saludó al Rey Dragón y dijo: “Hey, Rey Dragón, ¿cómo está? ¿Podría ayudarme? Verá, necesito un arma, algo poderoso. Escuché que usted podría tener algo. ¿Qué le parece?”

El Rey Dragón había escuchado rumores sobre este mono mágico. Se comentaba que tenía muchos trucos bajo la manga. Como no quería problemas, el Rey Dragón ordenó a sus súbditos que le llevaran algunas armas para que el Mono probase.

Se abrieron las puertas de coral y el Señor Anguila se deslizó en la sala, cargando una brillante lanza que pesaba 2.200 kilos. El Mono estaba entusiasmado. La tomó con sus peludas manos y la hizo girar como un bastón. Pero era muy liviana y delgada. Frunció la nariz y se la arrojó de vuelta al Señor Anguila.

Luego apareció el Señor Langosta, y con la ayuda del Conde Cangrejo, arrastró una espada gigante que pesaba 4.400 kilos. El Mono la levantó con facilidad, y después de balancearla un poco, decidió que también era muy liviana.

El Rey Dragón estaba todo transpirado, aun debajo del agua. Esta vez, dio la orden de que llevaran su arma más pesada.

Las puertas se abrieron de par en par y aparecieron tres crustáceos. Llevaban una enorme alabarda, que pesaba más que todas las otras armas juntas y hacía temblar a todo el palacio cada vez que daban un paso. El Mono jugueteó con ellos un rato, simulando que era muy pesada como para levantarla, sólo para luego levantarla en el aire y balancearla con un dedo, por diversión. El Mono sacudió su cabeza y la arrojó a un lado.

“Todas estas son como palillos de dientes. ¿No tienen nada más pesado?”, preguntó.

El Rey Dragón estaba desesperado, hasta que su esposa nadó hacia él y le sugirió el gigante pilar de hierro que tenían en su tesoro. Ella comentó que unos días antes el pilar había brillado con una luz celestial, y quizás el Mono estaba destinado a poseerlo. El Rey Dragón estuvo de acuerdo, y llevó al Mono a ver el tesoro.

El pilar gigante estaba en el patio más alejado del palacio. En uno de sus lados tenía grabadas las palabras: “La vara obediente del aro dorado”. Tenía el ancho de un barril, y medía 6 metros de alto. El pilar, simbólicamente, también era el responsable de mantener el mar estable.

Los ojos del Rey Mono brillaron de emoción al verlo. Trató de levantarlo, pero aunque podía sostenerlo, era muy incómodo blandirlo. “Mmm… es muy grande para manejarlo, quisiera que fuera más pequeño…”

Antes de que terminara de pensarlo, el pilar de repente se achicó hasta el tamaño de un bastón de pastor, y voló hacia su mano. El Rey Mono estaba eufórico. Comenzó a hacerlo girar y a moverlo de un lado a otro, causando masivas corrientes en el palacio. ¡El Rey Dragón y sus cortesanos casi son arrastrados por la marea!

Feliz de haber encontrado el arma perfecta, el Mono mágicamente volvió a encoger la vara –esta vez hasta el tamaño de una aguja. Se la colocó detrás de la oreja, así la tendría a mano cuando la necesitara en la batalla. Rápidamente dio las gracias al Rey Dragón y emprendió el viaje de regreso.

El Rey Dragón, aunque aliviado de que el demandante invitado se hubiera retirado, retó al General Wu-gui por permitir que un mono entrara al palacio sin invitación.

En las aventuras que luego vivió el Mono, todo tipo de criaturas sintieron la furia de su Garrote Dorado –desde sus futuros compañeros el Cerdito Zhu Bajie y el Ogro Sha, hasta monstruos y demonios esqueletos. Después de todo, ¿de qué otra manera podría proteger a un piadoso y desamparado monje budista en su peligroso viaje?

La historia en danza El Rey Mono y el Palacio del Dragón, de Shen Yun 2016, con coreografía de Gu Yuan y Yu Yue y música de Jing Xian, está basada en este relato.

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